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Lunes 31
Diciembre, 2007
El temprano adiós de Roberto Clemente...
Elio Menéndez
Tomado de
Cuba Hora
La catástrofe se originó a las 9:23 PM del 31 de diciembre de
1972. Unos pocos minutos después del despegue, se precipitaba al
mar frente a las costas de San Juan la nave DC 7 en la cual iba
el astro del béisbol Roberto Clemente, en viaje de socorro a los
damnificados por el terrible terremoto que ocho días atrás
asolara a Managua, visitada meses antes por el infortunado
pelotero boricua, director del equipo de Puerto Rico que
participara en el campeonato mundial de ese año, jugado en la
capital nicaragüense.
Clemente, de 38 años de edad, presidía un comité que recaudó
150 000 dólares y 20 toneladas de suministros para el hermano
pueblo nica. El accidente se produjo cuando el avión, que volaba
con un sobrepeso de 4 000 libras, cayó - se especuló-, al
realizar su piloto un brusco viraje, propiciando que la carga se
corriera y la nave aérea embistiera el mar, sin que las agitadas
aguas del Atlántico devolvieran a la atribulada viuda otra cosa
que una media color marrón y el maletín de mano que ella misma
preparó.
Algunos de sus biógrafos consideraron a Roberto Clemente un
hombre humilde y orgulloso al mismo tiempo, que luchó por
conseguir para el beisbolista latinoamericano algo similar a lo
que Jackie Robinson alcanzó para los peloteros negros
discriminados por la racista Norteamérica.
Del boricua fueron conocidas las agrias relaciones que sostenía
con los periodistas deportivos de Estados Unidos, los cuales
solían mofarse del mal inglés de Roberto, al escribir a la
manera de Tarzán sus declaraciones. Fue tildado por esa prensa
de "persona arrogante" debido a su seriedad, y le llamaron
hipocondríaco por la frecuencia con que acostumbraba tratarse
sus frecuentes dolores de espalda, secuela de un accidente que
le ocurriera en 1935.
Rebelde por naturaleza, Clemente reiteró en cuanta ocasión se
presentó que luchaba no solo porque se le reconociera, sino
también "por las actuales y futuras generaciones de peloteros
latinoamericanos", consciente de que "más que por negro, se me
discrimina por latino".
Esta actitud le propició más de un problema con funcionarios y
la prensa del béisbol yanqui, que regateaban su real valor,
regalando a otros el reconocimiento que a él correspondía.
Puertorriqueño de corazón, Roberto se opuso a que su esposa Vera
Cristina le pariera hijos en Estados Unidos, devolviéndola a su
Borinquen querido en tales trances, decisión que igualmente le
costó serios encontronazos con quienes en ese país no perdían la
más mínima oportunidad para atacarlo.
CLEMENTE EL PELOTERO
Roberto Clemente, el primer latino en ser llevado al Templo de
la Fama, bateó para average de 317 en sus 18 años activo con los
Piratas de Pittsburgh, en la Liga Nacional. Conquistó cuatro
coronas de bateo, pegó de hit en los 14 desafíos de Serie
Mundial en que participó, y el 30 de septiembre de 1972 se
convirtió en el onceno jugador en arribar al exclusivo grupo de
los que han disparado 3 000 hits en esa pelota, justamente en el
que sería -¡destino fatal!- el último partido de esa temporada
en Grandes Ligas.
Bien ajeno estaba entonces a que apenas tres meses después se
perdería en las aguas de Atlántico. Pero si destacado fue con el
bate, también lo fue a la defensiva: 12 veces ganó el Guante de
Oro por su desempeño en la pradera derecha de los Piratas y en
cinco ocasiones resultó el primero en poner corredores outs con
sus tiros desde los jardines a las bases; en una de ellas cuando
le robó un aparente hit al explosivo Willie Mays al enfriarlo en
la inicial con un potente disparo tras fildear al primer bote la
línea conectada por el bólido de los Gigantes.
TUVIERON QUE ACEPTARLO
La obligada hora del reconocimiento –no había otra opción- llegó
cuando en la Serie Mundial de 1971 Clemente se echó sobre los
hombros a los Piratas de Pittsburgh para llevarlos al triunfo
frente a los Orioles de Baltimore, titulares de la Liga
Americana, al producir para 414, incluidos dos jonrones.
El boricua había bateado para 341 durante la campaña regular y
ello, sumado a lo que rindió en el clásico de octubre frente a
los Orioles, obligó a que los periodistas tuvieran que
designarlo el Más Valioso. Ese mismo año había decidido con un
doble el Juego de las Estrellas.
Cuando el béisbol se enlutó con la muerte de Clemente todavía
quedaba mucho por rendir al boricua, no obstante sus 38 años,
pues ni tan madura edad, ni las 18 campañas con los Piratas,
parecían haber mermado sus facultades.
Vean y juzguen: en su última temporada en las Mayores (1972)
produjo ofensivamente para 312, solo cinco puntos por debajo de
su average de por vida. Inmortales como Mays, Mickey Mantle y
Stan Musial lo hicieron para 211, 237 y 255, respectivamente, en
sus temporadas del adiós.
Bobby Bragan, un viejo conocido de los cubanos por haber
dirigido aquí al Almendares y bajo cuyas órdenes estuvo Clemente
en Pittsburgh, declaró refiriéndose al boricua: "Si hubiese
jugado en Nueva York, lo hubieran comparado con Dimaggio".
El número que usara Clemente con los Piratas -el 21- fue
separado en su honor, y lejos de esperar los cinco años
establecidos para llevar al Salón de la Fama a un pelotero
retirado, la Comisión encargada de hacerlo lo elevó al templo de
los inmortales, en Coperstown, al año siguiente de su muerte. Se
hacía justicia al mejor pelotero latinoamericano que haya jugado
en Grandes Ligas. |